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Panama's debut in a soccer world cup

El día que el Casco se vistió de rojo

Publicado Junio 29, 2018 en Categories Blog Destacadas Cultural Activities

El debut de Panamá en un mundial de fútbol

 

Fue un momento incomparable. Pero, más allá de la participación en el mayor evento deportivo del planeta, resultó una experiencia excelente para exaltar la diversidad y el sentido comunitario de nuestro Casco Viejo.

Ya lo sabes. No hay quién no se haya enterado. Lo saben hasta los gatos que duermen siestas deliciosas en las calles del Casco. Panamá por primera vez asiste a un mundial de fútbol y aunque no llegue con extraordinarias expectativas competitivas, el entusiasmo de ser parte del mayor torneo deportivo del planeta es incomparable. Dicen que la primera vez es única, especial, irrepetible. Y Panamá tuvo su primer enfrentamiento mundial contra una de las favoritas: Bélgica. Desde poco tiempo antes del inicio del partido, el clima, el ambiente no era el mismo de todos los días. Todos palpitaban el partido. En las calles cada uno quería saber dónde ibas a ver el enfrentamiento. Poquísimos carros circulaban por las vías apenas recorridas por gente invariablemente ataviadas con camisetas rojas, quienes apurados buscaban llegar a tiempo para ponerse frente a una pantalla de televisión.

Este era un día muy especial y un partido más especial aún. No era un buen momento para estar solo. Las opciones para ver el partido en el Casco eran muchas, pero finalmente me decidí por compartir el estreno panameño en el mundial con el personal de Conservatorio S.A. nuestra compañía madre. En el edificio de la empresa (obviamente situado en el Casco Viejo) se adaptó un salón para que los trabajadores disfrutasen (o sufriesen) el partido. El ambiente era más que vivaz. Todos de rojo (color que representa a la selección panameña de fútbol), todos atentos, metidísimos de cabeza en el partido, apenas distrayéndose por segundos para servirse alguna fritura, un café, un sandwichito de pollo. El primer tiempo fue casi heroico pues Panamá aguantó el empate con su portería invicta. El segundo sería otra cosa. Pero no es de eso que quiero hablarte.

De pronto, me pregunté ¿cómo estarían viviendo el partido en el resto del Casco? Salí a comprobarlo durante el medio tiempo. Me repartí como pude entre varios lugares. El más curioso la cervecería Bier Klooster especializada en deliciosas cervezas belgas, pero con personal completamente panameño. ¿Habría tensiones, contradicciones, acaso algún conflicto? Para nada. Entré a tomarme una de mis cervezas favoritas y me encontré con un ambiente intenso, pero cordial y divertido por la actitud relajada y risueña de la gente. Salí de allí y justo pasaba la señora que vende helados hechos en casa en su carrito. Me saludó y alguien le preguntó gritando desde un balcón si se iba a perder el partido: “Qué va mi amor, pura tecnología” respondió ella, señalando a su celular, desde el que seguía cada jugada sin dejar de anunciar (también a gritos) sus postres dulces y refrescantes. Luego pasé a Santa Ana y en la Plaza Amador la gente se había reunido, bulliciosa, en torno a una pantalla gigante.

Seguro que ya sabes el resultado del partido y aunque estemos hablando de fútbol, es lo que menos importa. Lo verdaderamente relevante es una sensación doble que me invadió durante aquella mañana memorable: la diversidad y el sentido de comunidad presentes y muy vivos en el Casco. Ambos van de la mano. Una comunidad totalmente homogénea es algo esteril y empobrecido. La riqueza de una comunidad reside en la expresión de las diferentes identidades y en el reconocimiento de un espacio de participación común. Así, frente a una pantalla y siguiendo cada jugada con concentrada alegría, podías ver a quien lava autos, junto a un empresario; o a un reputado chef con alguien de la brigada de limpieza del municipio. Todos juntos, todos diferentes. Fue un día muy especial. Pero si lo piensas más a fondo, no fue tan diferente a cualquier día de plena convivencia en nuestro Casco Viejo.