Ella le echaba la culpa a su nombre. Se llamaba Custodia Rodríguez y decía que por un nombre tan feo nunca la habían nombrado reina del Carnaval. Pero en este apartamento, el No. 1, ella era la Reina. En su amplitud ensayaba unos pasos discretos y, cada vez que podía, se asomaba al balcón, imaginando que las multitudes la aclamaban.