Era francés, pero estaba enamorado de la cocina criolla. Cada mediodía bajaba a comer a las fondas del barrio o aceptaba las invitaciones a almorzar de las señoras del Casco Antiguo, quienes celebraban sus bromas y ocurrencias. Siempre vistió de blanco y coronaba su atuendo con una elegante pañoleta que llevaba tatuadas las iniciales B.S.